A las nueve menos diez salgo del metro.
Casi
todos los días.
Repito la rutina diaria sin que nada se salga de la precisa rueda.
Pero, cuando los astros se confabulan, la casualidad, o simplemente, habito una temporada memorable, es que no paran de suceder acontecimientos inverosímiles.
Había quedado con f
rascuela en Chueca y corría un poco porque no quería hacerla esperar; venía del trabajo contenta porque Hectorbellino, el batería de
Muchachito Bombo Infierno, había leído el post y me había escrito diciéndome que le habían gustado las cosas que había dicho sobre el grupo.
Como en cualquier narración tradicional, en el camino a
Ítaca es fácil que aparezcan sirenas, cíclopes o incluso, asturianos de pro. Así que antes de llegar a la cita con
frascuela tuvo lugar el primer encuentro inevitable:
-Hola,
asturianodepro.-Hola,
kalucifer.
-Ya ye casualidad! (Y un huevo, vivimos casi en frente). Llaméte hay un momento, pero tabas en el metro.
Así que nos encaminamos por la calle Hortaliza distendidamente, trialarí, trialará... ajenos a lo que
las moiras habían tejido desde mucho antes de nuestro nacimiento.
Pobres mortales... nuestra calma tenía los minutos, qué digo, los segundo contados... repentinamente, apareció ante nosotros, saliendo de un restaurante italiano, la figura del mismísimo Polifemo bajo la apariencia de
¡¡¡¡
Eduard Punset!!!
No puede reprimirme, extrayendo el rancio abolengo de las recónditas entrañas de mi septentrional acompañante:
-¡Hostia, El Punset!
-Moza, tás avergonzándome. Tó la xente va a mirar pa nosotros.
-¡Qué fuerteeeeeee!
frascuela (mismísima
Pitia) tenía que saber qué significaba aquel encuentro. Necesitábamos una explicación a aquella señal de los dioses. Así que cuando nos encontramos con ella, tomamos la decisión. Debíamos ser consecuentes con lo acontecido y regresar sobre nuestros pasos en busca de nuestro destino:
Teníamos que hablar con ese semidiós.
Cómo hacerlo: a base de
oinos y carpaccio.
Cuando el
oinos comenzó a hablar por mi boca levanté (no tambaleante todavía) este cuerpo cada vez más serrano de la silla, y me encaminé hacia él resuelta cual lechuga.
-"Perdone que le moleste, pero es que yo tengo un amigo que toca la guitarra en un grupo que se llama
Los Punsetes, y la canción que le homenajea dice lo siguiente:
Hay que hacerle caso a Eduard Punsetél sabe el cuándo, el cómo y, sobre todo, el porqué.Hay que verse Redes hasta que termina,saber si fue primero el huevo o la gallina"
Polifemo, se desgüevaba vivamente:
-Que no tendrás la página del grupete, eh?. Que me gustaría a mí el hablar con ellos, el ponerme en contakto.
-Faltaría más! La página! Ehhh... que es que no me la sé de memoria. Pero no se preocupe porque yo le doy mi e-mail y así se pueden poner en contacto.
Entonces sucedió.
El momento más cinematográfico de mi vida.
Eduard Punset, con su abrigo largo y oscuro, con su porte intelectual en blanco y negro, tomó entre sus catalanes y delicados dedos, una cajita de cerillas del restaurante apuntando en la parte interior, mi e-mail.
Me despedí y regresé a la mesa en la que
frascuela y el
asturianodepro miraban la escena con ojos de: "Musho Beti, Musho Beti, eh... eh...".
Estábamos eufóricos y ligeramente en ayunas (no carpaccio, nevermore). No terminábamos de asumir una conversación que había pasado de la paupérrima función fática del lenguaje a la comunicación con el más allá.
Había que seguir interactuando, pero ahora la pelota estaba en su tejado...
Punset se acercó a nuestra mesa y miró sonriente al equipo. Con amor y con alegría comenzó un pequeño discurso de "Vosotros los jóvenes..." (speach clásico donde los haya), a lo que
frascuela no se pudo resisitir:
"¡Es usted un poeta para la ciencia!"
Podría continuar esta delirante narración, pero a partir de aquí me resulta difícil...
Sólo quería que os anduviérais con ojo cuando salís del metro, cuando os encontráis por la calle casualmente con alguien, cuando creéis que las cosas maravillosas no pueden sucederle a cualquiera.